Yugoslavia, una palabra que todavía pone en alerta, a pesar de denominar un país que se esfumó y del que apenas quedan rescoldos en las numerosas y variadas repúblicas en las que se dividió. De Yugoslavia queda sobre todo el recuerdo de uno de los últimos conflictos en el corazón de Europa, un rosario de guerras que sacaron a relucir los peores instintos y un sinfín de atrocidades que pensábamos imposibles ya en el viejo continente.
Pajtim Statovci es un finlandés de origen kosovar. Su familia fue de las que huyó en los ochenta de la guerra en la entonces provincia serbia y buscó asilo en ese país nórdico, frío y lejano a su antigua tierra. Seguramente ha bebido, y mucho, en la historia terrible que tuvo que vivir su familia, y su vida en Finlandia le debió aportar todo lo demás. Aunque criado en Finlandia supo en racismo, miradas torvas, discriminación y todos los sinsabores de los exiliados.
MI GATO YUGOSLAVIA seguro recoge, o al menos se inspira en muchas de esas vivencias personales. Patjim Statovci utiliza dos voces en su relato. Una, la de Emina, le permite centrarse en la parte kosovar. A través de Emina , la madre, no solo conocemos los acontecimientos que precipitaron su salida de Kosovo hacia el exilio, sino también todas las costumbres locales que llevan a su casamiento, siendo una niña, con un tipo mayor que él, las ancestrales costumbres albano-kosovares donde la mujer no pinta nada, su sufrimiento de malos tratos, su papel siempre sujeto al de su marido, para el que solo es la que lleva y atiende la casa y la que le da todos los hijos que Alá disponga. Sin apenas formación, Emina va descubriendo por si misma los sinsabores de la vida, las diferencias entre la sociedad kosovar y la finlandesa y sufre la discriminación, la soledad y el desapego de marido e hijos, estos últimos cada vez más finlandeses y que rechazan abiertamente las tradiciones kosovares.
El segundo narrador es Bekim, uno de los hijos. Desde pequeño siente el racismo y la soledad en una sociedad en la que se cría, la finlandesa, pero que sabe que no es la suya. Pero reniega de sus orígenes kosovares. Y además por su condición homosexual se siente rechazado por unos y otros. No encuentra su lugar, de ahí su extrañas elecciones: una boa y gatos habladores.
Si la narración de Emina es la más pegada al terreno y a los sufrimientos y vivencias personales, me da la sensación que a Statovci se le va un poco la olla en la parte de Bekim, con esas escenas alucinadas con animales que rompen un poco el sentido de lo que cuenta.
En todo caso una novela notable, que pone un poco más de claridad sobre la tragedia yugoslava y la dureza del exilio.
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