
Es esta una novela que se lee de un tirón, por lo atractivo del tema, la caída, en 1453, de Constantinopla, la segunda Roma, la sede de la Iglesia de Oriente y de un imperio que brilló durante siglos y que se desmoronó ante el arrollador avance turco y la fundación de un nuevo imperio, esta vez con base musulmana. Lo que vivímos, en primera persona, es el asedio a la ciudad, los últimos días de una capital imperial acosada por las tropas del sultán Mohamed segundo, y en cuyo auxilio no acudió Occidente, salvo un puñado de héroes o mercenarios genoveses y venecianos. De nada le sirvió al débil emperador Constantino pactar la unión con la iglesia de Roma, ni sus trapicheos con Venecia, Génova o Cataluña. Nadie acudió en su auxilio y su imperio se desmoronó al mismo tiempo que las murallas de la orgullosa capital Oriental ante un avance imparable de cientos de miles de turcos y aliados.
Jean Angelos, que estuvo un tiempo al servicio del sultán, regresó a Constantinopla, donde tenía una cita con el Ángel sombrío, la muerte, desde los campos de batalla húngaros.Es un personaje extraño, del que todos desconfían, y cuyo secreto no se descubrirá hasta las últimas páginas. Antes viviremos con él la tragedia de los asediados ante un plan de asalto perfectamente organizado y para el que el sultán tenía todo tipo de recursos humanos y materiales. Es el fin de una época y como tal viene sellado por un sinfín de atrocidades y de hechos heroicos inútiles que solo servirán para convertirse en leyenda. Un estupendo medio, esta novela, para acercarse a un hecho histórico que marcará la vida de la región y de media Europa durante siglos. También para comprender el profundo desentendimiento entre las iglesias de Oriente y Roma, difícilmente comprensible a tenor de la amenaza que se cernía sobre el mundo en aquellos momentos. Recomendable.