
Es esta una novela de corto recorrido. Se lee de un tirón y en un ratito. Y es una delicia. No es sorprendente, resulta en muchas cosas muy cercana, muy familiar. No plantea ningún embrollo, no hay suspense,...hay sobre todo melancolía. El recurso a ese último verano en el que somos conscientes de que se cierra una etapa, en la que dejamos atrás la adolescencia y la primera jueventud y sabemos que ya nada será igual. Banana Yoshimoto, todo un fenómeno en su país y en algunos países europeos, y no tanto en España, aunque el fenómeno Haruki Murakami ha acelerado su promoción aquí, y para bien. La prota, María, se va a Tokio, a vivir con su familia por fin reunida. Vuelve durante el verano a un pequeño pueblo costero en el que ha vivido hasta entonces con su madre. Y saboreará esos días casi al minuto, apurando un dulce que sabe irrepetible, en la pensión Yamamoto, junto a sus tios, su insoportable y enfermiza prima Tsugumi, especimen caprichoso y cruel que se ligará al único joven interesante del pueblo. Pasan pocas cosas, pero es difícil apartarse de las páginas, porque tiene un fuerte poder de evocación que nos retrotrae a momentos personales muy parecidos. Y es que el mundo de la adolescencia, de los sentimientos, del desarraigo, es universal. Lo mismo en Japón, en México, en España.
Banana Yoshimoto, cuyo nombre real es Mahoko Yoshimoto, tiene ya una larga trayectoria como novelista. De hecho Tsugumi fue publicada en 1994 y ha tardado mucho en llegar a estos pagos. Dicen que otras novelas suyas como Sueño Profunto o Amrita, son también estupendas. Bueno, esta Tsugumi merece la pena si uno quiere sumergirs en un pasado seguramente no tan lejano y constatar que las pequeñas cosas, sin tracas ni artificios, también tiene su historia, su interés. Absténganse los que consideren demasiado empalagoso dejarse mecer por vivencias emotivas e intesas propias de un tiempo en el que el cinismo todavía no había ganado el terreno suficiente para encorsetarnos.
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