
Rivas imagina un pequeño pueblo pesquero, Brétema, en el que se pueden reconocer otros muchos, y donde la voluntad de Mariscal es prácticamente ley. Envuelto en una imagen artificiosa, un tanto anticuada, y desde una distancia relativa, va construyendo su imperio y controla todo lo que pasa en el pueblo. El tiene el poder y el dinero, el corrompe a los guardias y supervisa y maneja todo el contrabando, todo lo que llega por mar, cada vez más peligroso e imbricado en las redes internacional del narcotráfico. Impera en base a tres principios bien conocidos, que esgrime a base de latinajos que traducidos quedan así: "tienen boca y no hablan...tienen ojos y no ven...tienen oídos y no oyen". Una ley del silencio imprescindible para sus tejemanejes y para su creciente poder.
En paralelo al capo, vamos conociendo a tres niños Fins, Leda y Brinco, para quien el mar es una mina, una tierra que produce sin manchar, y donde encuentran de todo, cosas que revenden y que les permiten conseguir algo de dinero. Habrá un salto y nos los encontraremos de adultos, con Fins de policia y Leda y Brinco en pareja al otro lado de la ley.
Hay aportaciones muy interesantes, como la existencia de esa escuela de indianos, que Rivas detalla con precisión y añoranza, y personajes secundarios que trata con un enorme cariño.
En fin, una novela muy interesante que va ganándote a medida que avanza su lectura y que cautiva dejando al final una sensación de pérdida, de querer seguir una historia que tiene todavía mucho carrete.
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