
Rescata Roth a Zuckerman para detallarnos sus inquietudes de este tiempo. Las de un escritor que ha querido dar la espalda a la sociedad contemporánea, aislarse del mundo deliberadamente, justificarlo por su desilusión ante la política y la vida social, y mostrarse luego sorprendido por lo mucho que ha cambiado el mundo, que ha seguido girando mientras él miraba para otro lado, y confirmar que no le gusta nada.
Es mala la vejez. Porque conlleva deterioro físico, pérdida de vitalidad pero también de memoria. Pero no hay resignación. De ahí que no dude en trasladarse a Nueva York para visitar a un cirujano que le abre una posibilidad de frenar su incontinencia, derivada de su cáncer de próstata. Es la misma esperanza que luego le tienta para recuperar su anterior vida neoyorquina, hasta que topa con la realidad de una chica idealizada que hoy es una anciana moribunda, un joven escritor ambicioso y sin escrúpulos que pretende arruinar la imagen de su adorado Lonoff, tirando del hilo de un turbio escándalo que él no sabe si existió, y al que intentará frenar aparentemente sin éxito, y una pareja, con la que pretende intercambiar casa, más que nada porque se ha quedado colgado de la chica, con un amor adolescente, irreflexivo e impetuoso que no tiene más destino que la constatación de su chochera.
La novela no tendría más interés si no fuera por el momento en que la escribe y los resabios que trasluce. Parecen así forzadas las excusas para arremeter contra críticos y el mundillo literario que mira al autor y no su obra. Dan cierta vergüenza ajena las recreaciones de conversaciones inexistentes con la joven de la que se enamora, ágiles pero poco imaginativas. Deja demasiado colgada la figura de Amy Belette, amante de Lonoff y toda una historia en sí misma.
En fín, para estos trajes quizá hubiera sido mejor que dejara a Zuckerman en su retiro en los Berkshires, aunque cualquier reflexión sobre la vejez, que insisto es mala, siempre debería ser bienvenida en un mundo que sigue ofuscado por lo joven. En todo caso no estamos ante el mejor Roth.
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