
Aunque la truducción es bastante penosa, todo hay que decirlo, no lo es tanto como para impedirnos apreciar una forma de escribir puesta al servicio del Imperio, pero en la que no falta la autocrítica con ese envidiable sentido británico de saber reirse de si mismos, a veces con extrema crueldad. La historia cuenta la apacible vida, a mitad del XIX, en la remota colonia de Krishnapur, donde todo transcurre bajo una aparente monotonia y donde cada personaje rivaliza con los demas en sus excentricidades o su capacidad para dedicarse en cuerpo y alma a reforzar su posición de diletante y por tanto en experto en cualquier nimiedad, siempre bajo la sombrilla del progreso. La artificiosidad de semejante grupo social será puesta a prueba por la rebelión de los cipayos que, en un momento, derrumban la estructura político-militar británica en la zona y someten a asedio a los british de la colonia, atrincherados en la residencia del Recaudador.
La novela combina con pasmosa facilidad el dramatismo de la situación, los momentos heróicos que se viven durante el sitio, con hilarantes debates sobre el progreso humano, las teorías sobre inteligencia y tamaño de las cabezas, la existencia de Dios, la transmisión del cólera o la capacidad o incapacidad de los indios para asumir el progreso, mientras los más jóvenes se dedican, hasta el ridículo, a la galanteria.Al tiempo Farrell, que falleció en 1979 con poco más de cuarenta años, disecciona maravillosamente el sistema de clases británico que influye en cosas tan tremendas como la distribución de alimentos.
No es la bomba, pero es una novela entretenida, divertida y que nos permite conocer algo más uno de los aspectos del ya fenecido imperio británico. En todo caso, recomendable.