
La historia va de una guerra. La que sufre una pequeña isla del Pacífico, donde sus habitantes asisten, sin entender, a la ocupación de su territorio por unos "pieles rojas" de los que no sabían nada y que ahora aseguran ser parte de la misma patria. La población, de raza negra, no entiende nada, y un grupo resiste desde la selva. Pero esa historia básica, esos grandes trazos, aparecen difuminados en la gran historia. La de la pequeña aldea que sufre los coletazos de esa guerra, sin entender el por qué. Y además nos la cuenta Matilda, una niña que tendrá que madurar de golpe y que nos muestra a cada instante que lo más sencillo, lo más cotidiano, se impone sobre los intereses estratégicos y políticos de los otros. Esa minicomunidad en la que vive Matilda, que vive con su madre, ya que su padre emigró a Australia y nada saben de él, subsiste de forma precaria, y más desde que estalló la guerra. Apenas con una esterilla para dormir y los frutos y pescados que día a día pueden recoger. En medio de esos supervivientes, un blanco aparentemente excéntrico, el señor Watts, que pasea con su nariz de payaso, arrastrando un carro en el que lleva a su mujer, aparentemente fuera de toda realidad. Será Watts el que genere la ilusión colectiva suficiente para sobrevivir, partiendo de algo tan elemental como intentar mantener reabierta la escuela. Sin saber cómo hacerlo opta por leer a los niños Grandes Esperanzas, la novela de Dickens, que desde entonces se convierte en una guía para ellos, en una forma distinta de entender el mundo y las relaciones humanas. Esa lectura de Grandes Esperanzas la compagina con la exposición, ante los niños, de las experiencias que sus padres pueden aportar, en un intento de transmitir la sabiduría popular, para que no se pierda. Es una novela muy hermosa, con momentos muy poéticos, pero con otros muy duros, suavizados por la manera de ver el mundo de esa niña que actúa como narradora. En definitiva, una novela brillante y conmovedora.
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