
Las protagonistas, Dolores y Saladina, son dos jóvenes que deciden regresar a su aldea, en la remota Tierra de Cha, en Galicia, después de pasar varios años en Inglaterra, a donde fueron enviadas de niñas en 1936 al estallar la guerra civil. Allí sobrevivieron a base de trabajos domésticos y en hostelería, pero aprendieron inglés e hicieron sus pinitos en el cine, un arte que será su gran pasión de por vida.
Vuelven a la aldea no solo por nostalgia, sino por un asunto oscuro que quieren dejar atrás tras su breve paso por La Coruña. Así se instalarán en la casa medio en ruinas del que fue su abuelo, Reinaldo, un adelantado de su tiempo, del que la gente del pueblo se muestra reacia a hablar, ya que fue ejecutado durante la guerra.
Las dos hermanas intentan mimetizarse en la aldea, integrarse, pasar desapercibida. Y así van conociendo a la viuda que no quiere dejar de serlo a pesar de haberse casado de nuevo, al marinero que mamó las tetas de su madre hasta los siete años, al cura glotón que sube cada día a dar la extremaunción a una centenaria que se resiste a morir...Y será esta última la que destape la caja de los truenos al pedir a las hermanas el documento por el que vendió su cerebro al abuelo para investigaciones una vez que hubiera muerto. Al final son muchos más los que habían vendido sus cerebros y el asunto se irá complicando. Hay otro plano más personal, para las hermanas, en la novela que tiene que ver con la llegada a España de Ava Gadner para rodar PANDORA Y EL HOLANDÉS ERRANTE, que revive en ellas la pasión por el cine y el intento por entrar en el rodaje.
La novela tiene de todo, consigue transmitir ese ambiente rural de aparente calma bajo la que se adivina que hay tormenta, nos acerca distintas pasiones que mueven a los habitantes de la aldea, a veces cargadas de humor, y hace trazos gruesos de las consecuencias, que perdurarían tanto tiempo, de la terrible guerra civil. Y además está espléndidamente escrita. Para no perdérsela.
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