
Más allá de la anunciada muerte del cabeza de familia, nada parece perturbar la calma y el aburrimiento de la jornada en ese lugar apartado, lo que permite al autor darnos pinceladas de las peculiares personalidades de los distintos personajes. Y utiliza para ello una curiosa estructura narrativa, en la que la voz cantante la llevan el viejo comatoso o Hermes, sí uno de los dioses del Olímpo que se dedica a fisgonear lo que hacen los humanos y de paso contener como puede los apetitos sexuales de su padre, Zéus, cada vez más atrevido en sus incursiones entre los humanos. Con la inclusión de esos dioses de la mitología griega, el autor tiene la excusa perfecta para reflexionar sobre asuntos de tanta enjundia como la inmortalidad o, más de andar por casa, la forma acomodaticia en la que algunos viven.
Más allá de la forma elegida para narrar esta historia, la novela aburre, con tanto detallismo, casi puntillismo, en la descripción de la casa o los alrededores. Es innegable la arrolladora capacidad de Banville para describir cualquier nimiedad con un vocabulario rico y expresivo, pero falta acción y la historia en sí no tiene mayor interés. En fin, solo para aficionados a deleitarse con un texto muy bien escrito.
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