
Probablemente en el protagonista de esta nueva novela, Adam Walker, hay algún que otro punto autobiográfico, ya que sitúa el arranque de la historia en la Universidad de Columbia, donde el propio Auster estudió, y por los mismo años, a finales de los sesenta del siglo pasado.
El arranque, el primer capítulo, ya de atrapa de forma inexorable, porque utiliza esos recursos del lenguaje que tan buenos resultados le han dado en historias anteriores. Enseguida te mete en la historia y asistes en primer plano y casi como estuvieras presente, maestro que eres un maestro, al abordaje del joven Walker por una extraña pareja, que le va a enredar la vida y mucho. En el segundo capítulo la historia nos la cuenta ya desde otro punto de vista, como parte de un libro de memorias que el viejo Walker remite a un antiguo amigo de la Universidad. Y, en el tercero y último, ese ese viejo amigo el que nos aportará el resto, después de darle forma al esquemático resumen que le envió Adam en una carrera contrarreloj, porque la enfermedad le tenía sitiado.
La narración es una constante vuelta de tuerca, en el mejor estilo Auster, llena de giros inesperados y personajes que de pronto pasan de ser una simple mención a plantarse como coprotagonista inesperado en un momento de la historia. Es fascinante la forma de narrar de Auster y es lo que salva a esta nueva novela, cuyo contenido argumental flaquea en algún momento, se disparata en algún otro, pero hay que destacar, por el contrario, la manera abierta y extremadamente cuidadosa de tratar el incesto.
No es, desde luego, su mejor novela. Está lejos de "El Libro de las ilusiones" o "La noche del oráculo" o, por supuesto, "La trilogía de Nueva York", pero Invisible vuelve a mostrar que está en forma y que hay Auster para rato. De lo cual me felicito.